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Agua y sed. Vivir
queriendo más

Por Carlos del Valle, sj
Todo el mundo
sabe qué es la sed. Más de una vez la hemos tenido y no
tenerla significa estar muerto. Esta necesidad que nos
acomuna a todos, que nos iguala a todos, sirve para
tocar otra realidad más honda y que nos puede golpear
también a todos, la de una sed que no se apaga, la de la
insatisfacción.
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La
insatisfacción es una cosa un poco pegajosa. Como
la toques ya no te la despegas de los dedos. La
insatisfacción es escurridiza. A veces ni
siquiera sabemos por qué estamos insatisfechos, pero el
hecho es que lo estamos, como si tuviéramos un agujero
dentro, un boquete en el alma por el que se nos escapa
lo bueno, lo valioso, lo bello, que no nos deja estar
contentos con nada, que nos obliga a aceptar cualquier
propuesta de plan (atiborrando nuestras agendas hasta el
agobio o la mentira), de conversación (contestando sin
parar al móvil mientras paseamos con otra persona), de
entorno (porque nos creemos imprescindibles en siete
sitios a la vez), incluso de persona en quien confiar
(porque, a pesar de todo, no nos entregamos a nadie por
entero)…
La insatisfacción también es ambigua. Hay quien,
padeciéndola, la confunde con la ilusión de estar
constantemente estimulado y productivo, siempre a tono,
sacando el máximo de cada situación, exprimiendo todo a
tope, mientras que en realidad se trata de una forma
disimulada de ansiedad y de engaño del mercado. La
insatisfacción no produce nada y lo quiere todo. Y
mientras más y más aprisa cambiamos, acumulamos y
tapamos, mientras “más” queremos, “más” insatisfechos
estamos.
Una samaritana sedienta se encontró una vez con Jesús
junto a un pozo. La ayudó a hacer verdad en su vida,
desenmascarando su insatisfacción (muchos maridos,
ningún marido, muchos amores, ningún amor) y ella acabó
arrumbando el cántaro en el suelo. “Si alguien tiene
sed, que venga a mí y beba” (Jn 7, 37).
La voz de Jesús sigue resonando desde entonces en la
historia, en nuestra historia. No deja indiferente a
ningún insatisfecho, a ninguno de los que “quieren más y
más”, desencadenando en cada uno la lucha entre la
adhesión y el rechazo, la fe y la incredulidad, el amor
y la indignación, la acogida y la violencia, entre beber
y vivir o morir reseco |
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